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la historia del mayor invento argentino del siglo XX


Creada y patentada en la Argentina hace casi 80 años, el bolígrafo es un producto tan revolucionario que cambió la manera de escribir

Pueden ser grandes, pequeñas y medianas. De plástico, de madera o cromadas. Hay azules, negras, verdes, rojas o de cualquier otro color de moda como así también infinitos diseños que la identifican a simple vista. Lo cierto es que el bolígrafo o, mejor dicho, la birome, tal vez sea el mayor invento del siglo XX que resiste el avance de la tecnología y el paso del tiempo.

Creada y patentada en la Argentina hace casi 80 años, el bolígrafo es un producto tan revolucionario que cambió la manera de escribir sin mancharse con tinta en cualquier rincón del planeta. Para la cartera de la dama, llevarla en el bolsillo del delantal de los arquitectos, taxistas, contadores, doctores, alumnos y maestros y, por supuesto, para cualquier caballero.

La popular birome nació gracias a la genial inspiración del húngaro-argentino Ladislao Biro (1899-1985), una verdadera mente brillante que no conocía de límites a la hora de inventar cosas.

Biro también fue protagonista de una vida de película. Se definía como una persona múltiple, con una personalidad inigualable: fue periodista ocasional, pintor y también estudiaba los insectos Además, fue corredor de bolsa y hasta agente secreto de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, entre múltiples facetas.

Antes, había inventado la caja de velocidades automática para coches (1932) y un timer para poner al lavarropas en funcionamiento (1936). Pero, sin dudas, la birome ha sido el mejor producto de sus más de 300 inventos.

Biro, un gran inspirador

Eduardo Fernández se define como un «inventor profesional» como Biro, a quien ha entrevistado en los últimos cinco años de su vida (1980-1985) y, como a muchas generaciones, también ha sido su gran inspirador. De hecho, es el actual Director de la Escuela Argentina de Inventores y Director Ejecutivo de la Fundación Biro, una institución fundada en 1999 cuyo objetivo es mantener la memoria de Biro, difundir sus actividades y promover la inventiva de los jóvenes a través de la educación.

Fernández afirma que la birome cumple a la perfección el concepto que cualquier inventor profesional pretende llevar a cabo: haber creado un producto en beneficio de la sociedad, poder patentarlo y también comercializarlo. «Biro representa cabalmente el modelo de inventor profesional. Si había problemas relevantes lo resolvía, conseguía inversores, fabricaba y también vendía. Era un circuito completo. Por eso, mi admiración por él», reconoce.

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En julio de 1942, Biro patentó al bolígrafo o la birome

Todo comenzó en Hungría. En 1936, László (como también se lo conocía) trabajaba como periodista. Cansado de mancharse con su lapicera Pelikan, buscó una solución al problema: crear un bolígrafo para poder escribir sin inconvenientes y que el papel absorbiera inmediatamente la tinta. Un día ingresó a la imprenta para ver cómo los rodillos imprimían los diarios, con la tinta seca en el papel, sin correrse ni mancharse. Allí nació su gran inspiración.

Así, en 1938, diseñó un concepto muy básico: un tubo con un resorte conectado con una pequeña bolilla y un pistón. Pero había dos problemas: uno técnico y otro legal.

«El problema técnico era inviable: eso no podía funcionar nunca porque aumentaba mucho la presión del resorte, se desgastaba la bolilla y salía un chorro de tinta. Era muy básico y primitivo», explica Fernández.

En cuanto a lo legal, en 1888 ya existía una patente norteamericana idéntica a su idea: un tubo, un pistón, un resorte y una perilla para ajustar la presión del resorte. «La había inventado John Loud y era para marcar fardos de algodón con brea en el Sur de Estados Unidos. Ese invento tampoco había funcionado», añade.

Las puertas abiertas de Argentina para el inventor

Pero la historia comenzó a tomar un giro inesperado como consecuencia de un hecho casual. En 1938, Biro estaba realizando una nota en un balneario en la ex Yugoslavia como periodista ocasional. En ese momento, se encontraba escribiendo un telegrama con su incipiente creación desde el hall del hotel. Eso le llamó a atención a Agustín P. Justo, quien curiosamente se encontraba descansando en ese mismo lugar.

Asombrado por esa «rareza» que escribía sin manchar tinta, Justo se acercó al periodista y le entregó su tarjeta personal. Le dijo que si quería fabricar el producto podía hacerlo sin problemas en Argentina. Para eso, tendrá que dirigirse a la embajada en Francia, retirar la visa y el pasaje que tenía a su disposición y finalmente viajar a Buenos Aires. Allí, un grupo de inversores lo esperaba para financiar el producto en cuestión.

Biró aceptó el ofrecimiento. Primero, pensó que se trataba de un empresario argentino que lo invitaba a su país pero el conserje le dijo que era el Presidente de la República Argentina quien le daba la bienvenida a realizar su sueño. Entonces, quedó aún más fascinado por la propuesta.

El producto explotó en los EE.UU y en la década del ’50 su creador le vendió la licencia a Europa

El gran inventor conservó la tarjeta y dos años más tarde, en medio de la persecución de los nazis en plena Segunda Guerra Mundial, el hombre se fue a la embajada en París, retiró la visa y así logró viajar a la Argentina, el país que le abrió las puertas para que su producto se convirtiera en un éxito sin precedentes.

Una vez en Buenos Aires, Biro se reunió con Justo en su casa que tenía en el barrio de Belgrano. El Presidente lo esperaba junto a un grupo de inversores argentinos, ingleses y húngaros como él.

Rápidamente, el hombre instaló su taller en la calle Fray Justo Santa Maria de Oro 3050, en Palermo, donde más adelante se convertiría en la primera fábrica de biromes del mundo. Allí trabajó durante unos años para hacer funcionar su producto, que había patentado en la Argentina, en 1941. Hizo muchos cambios pero no había caso…

Cansado de no encontrarle la vuelta al funcionamiento de su invento, en 1942 se fue de vacaciones al noroeste argentino para distenderse con su amigo y socio Juan Jorge Meyne. Juntos habían llegado desde Hungría.

Primero pasaron por Salta y luego recalaron en Tucumán. Después de tantas presiones, estaba tomando un café el almacén de ramos generales en Fonda Tafí Viejo, en la localidad de Tafí Viejo, hasta que de pronto logró liberar su mente: con un tubo capilar libre, sin resortes y sin pistones logró desentrañar el funcionamiento de su creación.

Entonces, en julio de 1942 patentó al bolígrafo o la «birome». Su nombre nació producto de la conjunción del apellido Biro junto con las dos primeras letras del apellido MEyne. Una vez en Buenos Aires, volvió a realizar algunas pruebas y finalmente logró su correcto funcionamiento.

«La birome terminó con más de 120 patentes, con todas las mejoras posibles. Es un invento netamente argentino», enfatiza Fernández. Su uso y costumbre habla por sí sola: cuando el nombre se convierte en un producto tan popular tan comparable como el Paty, el Fernet, la Gillette y la Coca-Cola.

Según Fernández «una idea no es un invento. Tener el concepto básico de usar una bolilla no es, por sí solo, un invento. El requisito legal y técnico para inventar es una relación de formas y funciones totalmente nueva».

Y agrega: «el concepto de bolilla y el de la tinta ya existían. Lo que hizo Biro a partir de una idea básica que sí tuvo en Hungría, fue algo preliminar, que evolucionó mucho y recién en 1941-42 logró hacer algo que funcione. Es fue el concepto patentable, y el producto industrial y vendible».

La birome, un éxito en todo el mundo

La birome ya es un hecho. Aquella idea de Biró ya estaba en funcionamiento. La empresa Eterpen fue la primera en producirla. Luego vino la compañía sudamericana Biro-Meyner-Biro que más adelante pasó a llamarse Stratopen. En 1942-1943 comenzó a fabricarla y a venderla en la Argentina. Las primeras que se hicieron venían con la tinta azul, luego llegaron las de tinta negra y después las de color rojo. Ahora, hay biromes con tintas de todos los colores.

Pero aún faltaba algo más: cómo popularizar este producto inventado en Argentina, poder comercializarlo y que tuviera éxito en todo el mundo.

En plena Segunda Guerra Mundial, Biro conoció a Henry Martin, un banquero inglés que tenía muchos contactos. El hombre se sumó al proyecto como inversor, dijo que la birome tenía un gran potencial en el exterior y que podía conseguir un contacto en EE.UU. para venderla.

Entonces, se fue a Inglaterra y consiguió un pedido de 150.000 bolígrafos para la Real Fuerza Aérea. Con ese antecedente de ventas, en 1944 viajó a los EE.UU. para negociar con la empresa local Eversharp Faber, que compró la patente por 2.000.000 de dólares. El éxito de la birome ya estaba asegurado.

Rápidamente, el producto explotó en los EE.UU y en la década del ’50 su creador le vendió la licencia al barón francés Marcel Bich para fabricarla en Europa. De ahí surgió la empresa BIC, que popularizó aún más el uso de la birome.

Luego, el húngaro-argentino vendió otras 30 licencias y se quedó con la producción en la Argentina y en Sudamérica a través de la compañía Biro-Meyner-Biro Sudamericana. La empresa quebró en los años ’60 pero apareció la local Sylvapen, que montó su fábrica en Garín y además incorporó a Biro como socio accionista y director técnico de la empresa. Su éxito ha sido arrollador en las décadas del ’60 y ‘70.

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El bolígrafo o, mejor dicho, la birome, tal vez sea el mayor invento del siglo XX

Como concepto básico, la birome es el tubo de plástico con la tinta, el cono de bronce y la bolita de acero, y cuenta con una vida útil capaz de escribir unos kilómetros de tinta. Más tarde llegaron otras creaciones como la famosa versión con sistema retráctil o la birome de doble o triple color, también patentadas por Biro.

Luego viene el diseño, algo bien diferente a la patente de Biro, y los accesorios como el tubo de plástico que recubre su interior, la carcasa y el capuchón. «Esos son accesorios. Es como ensamblar celulares en Tierra del Fuego», sintetiza Fernández.

Argentina fue el país que le abrió las puertas a Biro, un hombre acostumbrado a inventar productos aunque, sin dudas, la birome ha sido su mayor invención, con un éxito sin precedentes en todo el mundo. El uso cotidiano tanto en la escuela como en cualquier ámbito de trabajo revolucionó la escritura sin mancharse con tinta.

A modo de homenaje, en 2018 el Gobierno de la Ciudad colocó una placa sobre la calle Oro 3050 para conmemorar el lugar donde funcionaba el taller de Biro. Allí también funcionó la primera fábrica de biromes del mundo.

Los tiempos han cambiado por completo. Antes, aquí se fabricaban 500 bolígrafos por día pero ahora se producen unas 38.000 millones de biromes solamente en China. Francia también cuenta con su producción local a través de la empresa BIC.

Biró no se quedó con el éxito de la popular birome. Su objetivo era siempre «simplificar, simplifica, simplificar». Luego, creó varios sistemas para la construcción, el sistema para conservar alimentos, insecticidas, elementos para la cocina, juguetes, la boquilla del cigarrillo, aparatos para medicina y la fórmula del enriquecimiento de uranio entre sus 300 inventos patentados. Pero la birome ha sido su mayor creación, la primera patente surgida en Argentina.

¿En Argentina se siguen fabricando biromes?

No. Las últimas fábricas en Sudamérica estaban en Colombia y en Brasil y también desaparecieron. Ahora está todo en China debido a la escala y a los precios. Por ejemplo, en India, una docena de biromes cuesta un dólar mientras que la misma cantidad en China cuesta la mitad. Es decir, valen 50 centavos de dólar. ¿Cómo hacés para competir con ellos? Imposible.

¿Existe la posibilidad de que la birome corra peligro de extinción a través del tiempo ante el avance de la tecnología y la desaparición del papel?

No lo sé. Si eso ocurre, será dentro de mucho tiempo. Puede cambiar de estética, de tamaño pero siempre va haber necesidad de tener una forma de escritura física. Ahora se usa mucho el WhatsApp pero en algún momento vamos a tener que firmar algo. El soporte de la escritura va a quedar. Pienso que la birome va a evolucionar pero no se va a extinguir.

¿Cómo lo recuerda a Ladislao Biro?

Para mí, lo más importante más allá del invento en sí o del resultado económico es la historia detrás del invento. Lo más valioso es Biro como persona, como ser humano. Fue muy agradecido a la Argentina, muy cálido, tranquilo y generoso. Básicamente su vida como testimonio de vida es más importante que lo haya inventado.

Tenía una gran resiliencia, una gran resistencia a la adversidad, también era muy solidario. Es sí es mucho más valioso que todo lo que hemos hablado. Los inventores profesionales tienen un rol social muy importante y para mí eso es sustancial y trascendente. El mejor invento siempre es el próximo, como señala la principal consigna de la Escuela Argentina de Inventores.



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Escrito por Redacción

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